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Un poeta entre ingenieros

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Un poeta entre ingenieros es el tratamiento terapéutico, en forma de desván literario, de belsierre!

 

Bases del certamen:

  1. Podrá participar en el certamen cualquier persona o marciano que asi lo desee sin distinción de nacionalidad, edad, género o longitud de antenas; exceptuando los siguientes individuos o tribus de:

    • Chonis, Jennys, Canis, Emos, Góticos o Telecos.
    • Artistas de la política.
    • Portadores de calcetines diferentes.
    • Diseñadores de logotipos.
    • Conductores de alfombras voladoras.
    • Naranjito.
  2. Las obras deberán estar escritas en folios de examen, estando una mitad de la misma compuesta por garabatos y la otra por fórmulas matemático-físicas incomprensibles. Además no podrán ser originales sino copiadas a mano de alguno de los compañeros de examen.

  3. Las obras deberán tratar de obtener la máxima calificación en las preguntas del examen eludiendo las mismas de manera filosófica o haciéndose el IKEA y contando como está la abuela.

  4. Cada participante presentará entre un mínimo de pi obras y un máximo de N*e^N, siendo N el milenio en el que sean entregadas.

  5. Las obras se enviarán a la dirección María de Luna, 4, Zaragoza. A la atención del Excel-lentísimo director del Centro Politécnico Superior. Debiendo adjuntar en sobre cerrado un reloj de cuco, un cheque de cien euros al portador y una fotocopia del carnet de identidad, esto último todavía no sé para qué pero todo el mundo suele pedirlo.

  6. El falo del jurado será pelable y se hará púbico al terminar la última batalla de septiembre.

  7. El premio consistirá en pasar un día entero con belsierre y será entregado como castigo a la mejor obra, pudiendo también ser declarado de Sierto, quedando el resto de los participantes con el premio de consolación: un viaje con todos los gastos pagados a la mansión Playboy.

FE DE RATAS: Nuestro editor Barney Stinson ha revisado las bases y se ha dado cuenta del error cometido al redactar la convocatoria. Disculpen las molestias. Las chonis si que podrán participar. Siempre y cuando envíen sus fotos más sexys.

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21 de junio de 2009

Que el camarero no me sirva más rondas,
que el dinero se esfume de mi cartera,
que las partidas no me salgan redondas,
que las mentiras no sean verdaderas.

Que el sol amanezca siempre a primera hora,
que la luna pase la noche durmiendo,
que el futuro no sea más que el ahora,
que acabe jodido, en lugar de jodiendo.

Que mis ejércitos regalen batallas,
que mis sueños sigan siendo sólo sueños,
que acabe la carrera harto de medallas,
que mis grandes amigos sean pequeños.

Que el despertador te separe de mí,
que la poesía sea en versos libres,
que la muerte me encuentre por frenesí,
que me convierta en un muchacho sensible.

Que el permanecer vivo me sepa a poco,
que la sonrisa se me acabe borrando,
que la vida ya no me tome por loco,
que mis años se vayan multiplicando.

Que el destino haga lo que quiera sinmigo
pero que las chicas de mirada hiriente,
calientapollas, que se cruzan conmigo,
por favor, que no sólo me la calienten.

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Nunca quiso abrir los ojos, y una vez hubo terminado de contar ovejas, supo que no despertaría en la vida. Alguien había especulado un muro a base miradas que separaba el lado del viento del lado del mar, y cobraba, a modo de peaje, una pestaña al remitente por cualquier botella enviada. Por si esto no supusiera una limitación, dentro de cada una de ellas, sólo cabían ciento cuarenta segundos.

Cada uno de sus mensajes luchó bravo contra la corriente antes de caer, como era inevitable, vencido. Siendo transportado en el seno de un riachuelo que traspasaba el muro a través de unos barrotes hasta el otro lado. Barrotes que le recordaron siempre al código de barras que quería tatuarse en la nuca cuando era pequeño. Siempre que los enviaba cruzaba el índice y el corazón de las dos manos por si los de una sola no fueran suficiente.

Sus provisiones de positivismo eran merodeadas frecuentemente por unos lobos con colmillos de marca que no se dignaban en aguantarse la risa cuando le veían y que permanecían, impasibles, a su alrededor. La margarita, que durante tantos cursos le protegió de aguaceros y ahuyentó, cual espantapájaros, a los que por allí pasaron, terminó por desojarse y decirse a sí misma que no. Y el banco que era su hogar, de nuevo desprotegido, volvió a ser el lugar en el que descansaban los sabios después de pasar el día recogiendo hojas del suelo.

La vida, contra lo que habría creído cualquiera, terminó yendo de bien en mejor y aquel que diseñó el trazado de los muros no supo, jamás, que aquella construcción impenetrable le había dado, a su preso, la libertad. Retomó de nuevo su mayor vicio, la creatividad, y mejor cualidad, la sonrisa. Después de ello el color negro de sus pensamientos, caóticamente renacido, comenzó a conjuntar particularmente bien con el cálido marrón de las páginas añejas de su cuaderno de bitácora, abierto de nuevo, y su ejercicio pronto se convirtió en una afición capaz de encender señales de humo; para que aquellos que creyeron que podían atraparle, pensaran que su mundo se estaba quemando.

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21 de mayo de 2009

Como prefecto de cocina debidamente acreditado por la real academia de la lengua he estado llevando a cabo diversos ensayos culinarios con el objetivo de nutrir mi alma o mi estómago, lo que se sacie primero, además de obsequiar a la humanidad con una receta espacial (esto es, no pertenece a este planeta), que, si bien pueda parecer insípida en sus primeros contactos, sea hallada sublime después de las primeras náuseas y produzca una combinación especialmente sabrosa junto a la comida mexico-italiana los miércoles por la noche.

Ingredientes para cuatro personas:
(o dos operarios de mantenimiento del servicio de salud)

  • Un cartón de 10cm de ancho por 50 cm de largo, exactamente; cortado por la mitad, aproximadamente.
  • Un crucifijo, mejor si es de macramé.
  • Una mujer cuyo nombre o bien sea o bien contenga la palabra Alba. Aquí, a pesar de ser el ingrediente fundamental, tenemos una extensa libertad para realizar nuestra elección: Alba, albaceteña, albañila... Mi recomendación: Jessica-Alba.
  • Nata montada.
  • Un ambientador de baño.
  • Pimienta.
  • Una jarrita de Jack Daniels.
  • Una piña.

Fabricación:
Antes de todo debemos dejar secar el cartón durante dos tacitas y preparar un cazo con agua hirviendo con pimienta durante toda la noche, o viceversa, a gusto del preparante. Una vez hecho esto, pelaremos la piña y la introduciremos en el cazo.

Después quitaremos las escamas de la mujer, la cual no conviene que sea menor de 18 años para evitar posibles problemas de salud tales como privación de libertad y, con ello, de horas de fiesta; aparición de rallas negras y blancas en la vestimenta y, en los casos más atractivos, sodomización.

Ahora necesitamos ponernos el crucifijo y leer algún pasaje bíblico, de nuevo a gusto del chef. Si no conocéis ninguno yo recomiendo la fábula de los panes y los peces, en tanto que bien interpretada te ahorra la compra del día siguiente; o, en caso de ser época de exámenes, el apocalípsis.

NOTA: Si has tenido la suerte de vivir en una residencia de monjas o, mas últimamente, de creyentes; puedes saltarte esta parte.

Una vez blanda la piña, la colocaremos en un recipiente bólico y la regaremos con un chorrito de Jack Daniels. Después nos dejaremos de tonterías y la regaremos con la jarra entera.

Por último sentaremos a la mujer a la mesa, con cuidado de no dañar la silla o la receta nos saldrá por un euro más, la abanicaremos con el cartón y lo clavaremos en la piña, estilo nouvelle-cousine.

Ahora ya podemos disfrutar del manjar, reservando la nata montada para 'después' y el ambientador de baño para 'el día siguiente'.

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Diezmar las cuentas del banco del sueño
para abonar la ristra de hipo-tetas
ganadas por un imperio pequeño,
tahurando, con pretensión de atleta.

Aquel concierto me había pensado
dedicar todas mis siete bebidas
y el primero de los siete pecados
y mi mejor frase de despedida.

Beberme el litro del placer solito,
tener que regalártelo vacío,
acabar durmiendo como un arbolito,
al filo de tu sonrisa, que frío.

Y yo aquí sigo, sentado en mi banco.
Y tu, allí, atardeciendo, asesinándome,
diseñas males, dejándome en blanco,
poniéndome nervioso, sonrojándome.

Contemplar la pecera donde nadas,
entre mis pensamientos. Pataleas.
Obviar de poesías de miradas
besos bi-sí-labos que tu no leas.

Meterte dentro de mis calcetines,
ver si estás buena o solo lo pareces,
llevarte de caricias maletines,
sobornar tus piernas como merecen.

Ríe, sé en fría, trafica conmigo,
en caliente sé, mata mis complejos.
Tu, tan alucinógena, tan sinmigo;
y yo, sentado en mi banco, tan lejos.

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21 de abril de 2009

Resultan curiosos los tropezones que uno va dando mientras camina. Como si de un borracho se tratara, a cada paso nos encontramos una dificultad y a cada vuelta de esquina, una puta. Me confundo de historia, perdón.

Me refería a lo curioso que es ir viendo las piezas del puzzle de la vida no encajar. Puzzle que, a diferencia de los que montabas de pequeño, no trae una foto en la caja para enseñarte como deben terminar las cosas ni mucho menos un aviso con la edad a partir de la cual es sano darse a componerlo. Eso sí, trae la leyenda 'made in china' como todo lo que te venden últimamente.

En la vida nunca estarás seguro al bien por bien de si la pieza que estas colocando pertenece al borde o si, por el contrario, todo está hilvanado alrededor de ella. De hecho, ni siquiera sabrás si es una pieza tuya o de algún otro. Nadie te da unas instrucciones de montaje, ¿Para qué molestarse, si nadie las va a leer?. Y el humano corriente no se contenta con intentar colocar las piezas que te llegan en la caja sino que deambula por la vida en búsqueda constante de otras muchas, de formas extrañamente diversas e imposibles de colocar; lo que termina por abstractar el dibujo que persigue.

Y de esta manera vas colocando en tu puzzle cosas que quizá no necesitas. Una pieza con forma de coche, aunque sepas que esta contamine a sus vecinas. Unas piezas muy bonitas, de marca, con forma ropera, ignorando que te cuestan un ojo de la cara y no te hacen necesariamente más elegante. O una pieza con forma de piso. Esta última, colocándola a plazos.

Hay quien tiene práctica montando puzzles y consigue solucionarlo. Otros, en cambio, tardarán toda la vida, dejarán las piezas más importantes sin montar, destrozarán su dibujo y puede que el de otros, y seguirán teniendo huecos vacíos. Cansados de discurrir, si son afortunados, intentarán comprar un puzzle ajeno. Eso sí, sin mucho éxito.

Y qué decir de esa pieza tan frágil en forma de mujer que tiene la capacidad de no encajar nunca a la perfección. Lo peor es que, además, tiene libre albedrío y puede abandonar el puzzle cuando le plazca y dejar un vacío irrecuperable de eterna nada.

Con veinticuatro, en mi pre-vejez, con medio puzzle montado, unas piezas haciendo fuerza sobre otras y un montón de piezas desechadas tiradas por el suelo, me imagino mi futuro como esas calles empedradas de Lisboa, donde parece que algún hijo de la gran puta haya puesto los adoquines a mala hostia para hacerte tropezar pero que, en su conjunto, visto desde lejos, tienen todas sentido. Visto desde lejos, quedan bien. Visto desde lejos, forman un dibujo.

Mientras repasaba mentalmente mi puzzle he decidido no complicarme la vida. No hace mucho, en alguna clase me preguntaba qué pensaría mi yo de siete años si agachara la cabeza y me encontrase con un puzzle fácil de resolver que, a base de obviar toda enseñanza geométrica recibida en el pasado, se ha ido complicando. Quizá, y sólo quizá, tiraría todas las piezas y volvería a empezar. Pero a su manera.

Y eso es lo que voy a hacer. Voy a volver a empezar como lo haría mi infante. Me niego a pasarme la vida dejando un espacio libre para piezas que tal vez no existan, colocando en el medio las del borde y arrancando la pegatina de otras. Pienso volver al cuadrado, al círculo, al triangulo y a la estrellita. Y todo lo demás, que se coloque por si mismo.

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