11 de mayo de 2005

Vámonos de tiendas

La llegada de la primavera trae el buen tiempo. Los árboles y parques se llenan de color verde. Las personas se ponen mejor humor y algunos empiezan a lucir palmito. Yo me cabreo porque pertenezco a ese grupo de personas que tienen alergia. Que le vamos a hacer. La gente saca la ropa de la primavera pasada y se da cuenta de que no le cabe o no le gusta, o ambas dos. Y entonces deciden irse de compras para llenar de nuevo el armario. No les culpo, la verdad. Cada uno es libre de hacer lo que quiera. Yo sería el último que os juzgaría. Y gastar un poco de dinero siempre le alegra la vida a uno. Se cree más importante. Pero hay que saber elegir. Antes a mí también me gustaba estrenar ropa, me hacía ilusión. Pero todo eso se perdió con la ingenuidad del consumidor que alguna vez fui. Cuando comprendí que las frases bonitas y el espíritu olímpico del que hablan los anuncios de ropa deportiva sólo era marketing. Cuando empecé a darme cuenta de que la felicidad de un nuevo vestido vale cinco céntimos la hora en una fábrica de china. Uno ve las imágenes de explotación que sacan en el telediario de la dos de vez en cuando, no en esos de otras cadenas que dicen ser políticamente correctos y comprometidos y prefieren hablar del embarazo de Leticia o de los seis puntos del Barça; y piensa la de pasta que trincan algunos con la mano de obra barata, o regalada, según se mire. Y la gente se lava las manos pensando que puedo hacer yo, si sólo soy una persona, y tampoco tengo la culpa, que coño. Bonita sangre fría. Cada uno que piense lo que quiera. Pero por mucho que lo ignoremos, nosotros tenemos la culpa de todo eso. Nosotros somos los que compramos y los que podemos elegir no comprar esa marca. Pero hay alternativas, creedme, todavía en estos tiempos es posible ser justo, os lo juro. No os vendáis tan barato, vosotros valéis más que ellos.