21 de junio de 2009

Por favor

Que el camarero no me sirva más rondas,
que el dinero se esfume de mi cartera,
que las partidas no me salgan redondas,
que las mentiras no sean verdaderas.

Que el sol amanezca siempre a primera hora,
que la luna pase la noche durmiendo,
que el futuro no sea más que el ahora,
que acabe jodido, en lugar de jodiendo.

Que mis ejércitos regalen batallas,
que mis sueños sigan siendo sólo sueños,
que acabe la carrera harto de medallas,
que mis grandes amigos sean pequeños.

Que el despertador te separe de mí,
que la poesía sea en versos libres,
que la muerte me encuentre por frenesí,
que me convierta en un muchacho sensible.

Que el permanecer vivo me sepa a poco,
que la sonrisa se me acabe borrando,
que la vida ya no me tome por loco,
que mis años se vayan multiplicando.

Que el destino haga lo que quiera sinmigo
pero que las chicas de mirada hiriente,
calientapollas, que se cruzan conmigo,
por favor, que no sólo me la calienten.

6 de junio de 2009

Aventuras de mi amigo imaginario

Nunca quiso abrir los ojos, y una vez hubo terminado de contar ovejas, supo que no despertaría en la vida. Alguien había especulado un muro a base miradas que separaba el lado del viento del lado del mar, y cobraba, a modo de peaje, una pestaña al remitente por cualquier botella enviada. Por si esto no supusiera una limitación, dentro de cada una de ellas, sólo cabían ciento cuarenta segundos.

Cada uno de sus mensajes luchó bravo contra la corriente antes de caer, como era inevitable, vencido. Siendo transportado en el seno de un riachuelo que traspasaba el muro a través de unos barrotes hasta el otro lado. Barrotes que le recordaron siempre al código de barras que quería tatuarse en la nuca cuando era pequeño. Siempre que los enviaba cruzaba el índice y el corazón de las dos manos por si los de una sola no fueran suficiente.

Sus provisiones de positivismo eran merodeadas frecuentemente por unos lobos con colmillos de marca que no se dignaban en aguantarse la risa cuando le veían y que permanecían, impasibles, a su alrededor. La margarita, que durante tantos cursos le protegió de aguaceros y ahuyentó, cual espantapájaros, a los que por allí pasaron, terminó por desojarse y decirse a sí misma que no. Y el banco que era su hogar, de nuevo desprotegido, volvió a ser el lugar en el que descansaban los sabios después de pasar el día recogiendo hojas del suelo.

La vida, contra lo que habría creído cualquiera, terminó yendo de bien en mejor y aquel que diseñó el trazado de los muros no supo, jamás, que aquella construcción impenetrable le había dado, a su preso, la libertad. Retomó de nuevo su mayor vicio, la creatividad, y mejor cualidad, la sonrisa. Después de ello el color negro de sus pensamientos, caóticamente renacido, comenzó a conjuntar particularmente bien con el cálido marrón de las páginas añejas de su cuaderno de bitácora, abierto de nuevo, y su ejercicio pronto se convirtió en una afición capaz de encender señales de humo; para que aquellos que creyeron que podían atraparle, pensaran que su mundo se estaba quemando.