30 de octubre de 2005
Noches
Existen noches y noches. Noches en la vida de una persona en las que la cama es el plan más apetecible, y noches. Noches en las que una almohada o la televisión son las mejores compañeras, y noches.
Llevo ya casi tres semanas sin salir de fiesta (los seres humanos allegados a mí sabrán que no es algo que suela ocurrir muy a menudo) y hoy he dicho de aquí no paso. La última vez que pisé un bar era la noche del ocho de octubre, en plenos pilares zaragozanos, y Amaral había hecho de las suyas en paseo Independencia en un concierto que será recordado durante años.
Desde entonces pesaba sobre mí la duda del primerizo, el miedo al vacío de los funambulistas, la sonrisa amarga de quien se pregunta porqué. Últimamente había estado bloqueado, tanto literaria como ociosamente. Y había decidido atrincherarme en mi piso maño. La gente me interrogaba con preguntas del tipo ¿Sigues siendo el mismo? y comentarios sobre el tiempo que llevaba sin escribir. Así que decidí volver a la tierra del vino, mi inspiración.
En cierto modo un bloqueo literario es lo mismo que uno mental. Una situación problemática que tu mismo te creas y de la que, por tanto, debes salir tú solo o nunca jamás saldrás. Eso es lo más importante, saber que puedes superarlo por ti mismo. Justo cuando el mundo piensa que estás acabado te levantas y le tiras un soneto a la cara. Esta boca es mía.
He vuelto. No se que ha ocurrido exactamente pero hace una hora me he dado cuenta de que tenía que salir. Puede que haya sido el escuchar el nuevo disco de los Rolling o el de Sabina. Pero esta noche voy a salir. Tengo que salir.
No por mí, que sigo sin saber si me apetece, tengo que hacerlo por ellos. Por los barbastrenses ilustres que me acompañan en mis huidas nocturnas. Por las manos que se alzan al cielo saludándome y las gargantas que gritan BILSY! cuando me ven entrar en el bar Edelweiss. Por los que me encuentro en el pub Público y se apartan diciéndome: adelante, Capitán. Por los tragos que no pago y por los que, cuando abunda el efectivo, me puedo pagar. Por aquellos chavales que se sientan al lado del futbolín a verlas pasar y, cuando me ven, se levantan. Por el niño de dieciseis que algún día fui. Aquel niño que esperaba que llegara tal noche como esta, en la que se retrasa una hora, para poder salir una hora más allá del toque de queda sin que sus padres le pudieran decir nada. Esta noche, compadres, estoy a su servicio.
No voy a contaros como termina esta noche, pero lo que si voy a contaros es como va a empezar. Voy a publicar estas reflexiones. Apagaré el ordenador, me pondré mi brazalete de capitán y saldré a la calle. Me llamo Andrés García Cavero, pero todos me llaman Bilsy.
28 de octubre de 2005
El dentista
La típica consulta de dentista que hacía un año que no visitaba es igual en cualquier parte de España. Limpia, bonita, con sus revistas del corazón de hace meses en su sala de espera y sus aparatos quirúrgicos en la otra sala, la de tortura.
El intenso dolor de mi muela derecha me concertó una cita para hoy. La dentista resultó ser una mujer joven bastante guapa. Puestos a que me hagan daño... mejor una de ellas. Manejaba un instrumental más pequeño, más ligero y más preciso que mi antiguo dentista de Barbastro, el cual amenazaba mis molares cada vez que iba con unos cuchillos dignos de barriobajero; parecía gustarle que fueran enormes, ya sabeis, la vieja historia de los hombres y el tamaño.
-Vamos a empezar tu revisión Andrés.
Como en un interrogatorio me acerca un foco a la cara, foco donde, por cierto, han tenido la gentileza de poner un espejo para que yo mismo pueda ver como me ataca durante la revisión. Parece una peli gore.
-¿Sabes que tienes una dentadura buenísima?- me pregunta ella.
-Lo siento pero no eres mi tipo.
-¿Qué?
-Perdona, creía que era una frase de esas como ¿Estudias o trabajas?
La tía sigue a lo suyo y me hace la limpieza entera de los dientes. Limpieza en la que salió unos dos kilos de sarro, un trozo de fuet, una cucharilla y bastante sangre de las encías. Lo que más impresión me causó fue lo de la sangre. ¿Y esta cucharilla? Seguramente la usara para quitarme el trozo de fuet, o viceversa.
Al terminar me dio un vaso de agua.
-Toma.
-No gracias, es que yo soy más de cerveza.
-Es para aclararte.
-Ok.
Llamaron a la puerta de la clínica y como no estaba la recepcionista se levantó ella para abrir. Lo cual me dejó tiempo libre para jugar con la luz, con el espejito y
sillón arriba, sillón abajo, sillón arriba, sillón abajo...
-A ver, vamos a echarle un vistazo a esa muela del juicio que dices que te duele.
-No el juicio ya lo perdí. Ahhh!!
-Te duele.
-Creía que con el Ahhh!! había quedado claro que no.
Bueno pues eso fue todo. Sufrí mucho por lo dental. Me van a tener que extraer, seguramente, aquella muela. Pero, por lo menos, me regaló un cepillo de dientes. Eso sí, no se quitó la mascarilla ni para sonreír un momento.
26 de octubre de 2005
Mi generación
Otra vez he vuelto a levantarme con el reloj en PM y otra vez me ha pillado el 24 tomándome el desayuno-comida en la terraza. Mirando el cruce de García Sánchez con Duquesa. Hoy, como siempre, la calle está sobre-habitada, el tráfico lo ensordece todo y los colores grises y marrones se han puesto de moda en la pasarela maña. El cielo está encapotado y un niño pequeño me mira fijamente desde un pupitre verde al otro lado de una ventana del colegio de curas de la calle de enfrente.
Me lo imagino, al terminar las clases, saliendo del colegio y cogiendo la mano de su madre para irse a casa. Encendiendo la consola para ser campeón del mundo de F1 o para matar al monstruo final del juego y vacilar mañana a sus compañeros. Son los cobayas de la generación tecnófila que estamos pariendo, niños que no conocerán nunca el juego del pañuelo o del escondite. Podrán elegir su equipo preferido en el FIFA, hacer todos los fichajes que quieran y ganar con sus manos todos los trofeos imaginables del mundo; pero nunca vivirán los partidos de fútbol de mi generación, cuando nos quedábamos jugando después de clase hasta que se iba el sol y, a veces, seguíamos. Una generación que sólo crecerá amparada por la ropa de marca, la ignorancia y la PSP. Una generación en la que niños de doce años manejarán cientos de euros en los bolsillos (más de los que llevo yo ahora), ignorando la pobreza que llevan dentro.
PD: Perdón por la espera.
6 de octubre de 2005
Historias de mi piso (2)
La luz de la cocina:
Era una tarde fría de Septiembre. La Zona Cero vivía en calma total y la cocina se bañaba en una luz fluorescente barata. Xexu me deleito con una de sus magistrales clases de cocina y, al apagar la luz, saltaron los plomos. Volvimos a conectarlos y, misteriosamente, el fluorescente ya no funcionaba. El interruptor ni siquiera cambiaba de posición. El mundo se tornaba oscuro y frío.
Desde aquel día la desorientación y las sombras anidaron en el piso de Duquesa hasta cambiar la vida de sus ocupantes. Los cuales decidieron en principio aclimatarse al cambio y, como la cocina se volvía un mundo inhóspito a partir del anochecer, empezaron a cenar a las seis de la tarde.
Pero dicha idea poco tardó en ser descartada ya que interrumpía la siesta de los ciudadanos de Zona Cero. Decidieron pues plantar cara a dicho mal hasta que consiguieran hablar con la arrendadora del piso. Una hijaputa a la que voy a tener que enseñar a coger el móvil, que por lo visto no sabe.
Y decidieron nuestros intrépidos protagonistas hacer la cena iluminándose con la luz de la nevera, que mantenían con la puerta abierta. Aún a riesgo de congelarse el culo, ya que la nevera y los fogones son elementos opuestos en su cocina. Pero resultó que los alimentos se enfriaban y había que cerrar la nevera de vez en cuando, lo cual provocó momentos de visión nula dentro de la cocción de la cena; que provocaron, a su vez, caídas al suelo de aceite, huevos, agua, cubiertos y algún que otro habitante de Zona Cero.
Esta manera de cocinar fue la que provocó el elenco de tortillas quemadas y pizzas demasiado hechas que hoy día se conoce como cocina de Bilsy. En cuanto a nuestros intrépidos cocineros, bueno, todavía hoy siguen luchando. Con la experiencia de las desdichas pasadas a la espera de que algún día la propietaria decida COGER EL PUTO MÓVIL.
La tele:
Decidimos pegarle una patada metafórica a nuestra tele y comprar una nueva. Nos dejamos querer por los anuncios de Carrefour y nos fuimos de excursión a la otra punta de Zaragoza para engordar sus bolsillos con nuestras ganas de ver fútbol. Atacamos el estante de televisores sorprendidos por sus inusitados precios. Pero, de repente, la vimos. La perfecta caja de Pandora no tenía mando a distancia ni manual de instrucciones. Tampoco tenía una buena marca respaldándola, pero si un agujero en la parte derecha estéticamente inaceptable. Por ello y todo lo anterior nos rebajaron setenta y cuatro euros.
Hoy día se puede encontrar en nuestro salón alegrándonos la vida. Cosa que nosotros le agradecemos llamándola, de forma cariñosa, Laura. Hoy vemos buenafuente, los simpsons, ¿Quién quiere ser millonario? Lo único que me pregunto es si nos levantaremos (algún día) a cambiar de canal.
4 de octubre de 2005
Historias de mi piso
Después de todo el verano buscando conseguí acabar en piso. Inauguro hoy una sección de UPEI sobre el lugar donde viviré este año y en el que me sucederán, inevitablemente, historias en mi adaptación a ese extraño mundo que es la vida de ama de casa y estudiante todo en uno. Historias que os iré contando, por supuesto:
La tortilla:
Despertó de repente mi vena arguiñana y decidí fabricarme un compuesto de tortilla y patata para cenar, echándole cojones. O, mejor dicho, echándole huevos. Lo primero era contar un chiste:
“Año 0. Van dos romanos por Cesaraugusta en caballo.
- Oye, ¿Cuántos años tienes tú?, pregunta el primero de ellos.
- XXV, le contesta su compañero y dice el otro
- Por el culo te la hinco.”
Después me puse un rollo de papel de cocina a modo de gorro y me dispuse a empezar. Xexu y Torres, los ¿Seres humanos? con los que vivo observaban expectantes.
Defenderse en una cocina no debería ser demasiado difícil para un teleco, pensé al principio. Lo primero que hice fue adivinar si el fogón eléctrico estaba encendido o apagado porque de viejo se han ido las marcas de pintura del interruptor. Lo tengo que pintar con typex. De hecho, voy ahora. Enseguida vuelvo. Maldito fogón. Casi ardemos por tu culpa, cabrón. Como el Winsord. Que también ardió. Pero no por culpa tuya. Espero.
¡ATENCIÓN ESTUDIANTES DEL MUNDO! Paren las rotativas. Stop the ‘rotativas’. La patata hay que cocerla primero, no caigan en la misma trampa que yo. Ni tampoco, avidos de inteligencia, utilizen patatas fritas de bolsa, porque les quedará un extraño sabor a plástico rebozado con tierra, tampoco es que lo haya probado para poder juzgar. Pero da igual, yo lo único que quería aprender a darle la vuelta en el aire; lo de cogerla luego otra vez al caer ya lo aprenderé otro día.
De todas formas la basura me dijo que le había gustado mucho, y las ratas también. Lo cual es un buen cumplido porque además la quemé. Espero mejorar. Claro que todo hubiera salido mejor de no ser por la luz de la cocina.
Un fin de semana:
Este fin de semana me quedo. Para estudiar mejor. Que no coño que es que tengo cena con los de clase y además, que carajo, suena bonito. Sólo en casa. Parece el título de una peli.
Es sábado al mediodía y estoy comiendo lomo con ternera. Me encanta mi dieta. Como sobre tres platos pegados que llevaban varios días en la fregadera y no los he podido despegar. Así sólo tengo que fregar el primero. Si no fuera porque los estropajos se han declarado en huelga. Estoy asustado porque las pelusas del piso han decidido unirse todas y temo que estén conspirando contra mí. Ahora mismo tienen el tamaño de una bola de esas que ruedan en las pelis del oeste. No se si me queda mucho tiempo.
Estoy viendo el fútbol. ¡Maldita tele! Veo eurosport y no se cuantas cadenas alemanas y no veo telecinco. Me parece que pronto le pegaré una patada y compraré otra. Y una mesa más grande. A ver si me encuentro alguna en un contenedor cuando salga de fiesta y me la traigo. Cuando vuelva de los bares almorzaré. Será una odisea teniendo en cuenta las circunstancias de mi regreso y la luz de la cocina.
El capitán
Ver versión de lapocasangre
La bomba de Hiroshima estalló, nunca existió una secuencia de anulación. Los hippies no consiguieron salvarse la vida a sí mismos. El hombre llegó a la luna, aunque todavía no haya conseguido bajarse de ella. La burguesía nos traicionó. La revolución sólo fue un invento publicitario. El muro de Berlín sirvió de base al de la vergüenza. Los griegos inventaron la democracia, nunca se utilizó. La caja de Pandora se instaló en cada casa. El tsunami lo arrasó todo. No había armas de destrucción masiva en las pupilas de los niños de Irak. El prestige cambió el azul por el negro. El dinero resultó ser un mal invento. El dorado sólo fue una leyenda.Las naves ardieron más allá de Orión cuando intentaban regresar a la tierra. Bogart dejó de fumar. Lennon nunca imaginó. Marilyn no volvió a enamorar. Cervantes murió de pena y Machado de nostalgia. El Che hizo lo que pudo. ¿Te apetece montar una revolución? Y ella respondió que no. El sub-comandante Marcos tuvo que dejar la filosofía. Las pocas esperanzas pasaron por los dedos de Amelie sin que esta los pudiera cerrar. El tío Sam dejó al mundo ciego al hacer ojo por ojo el 11S. El Tío Raimundo secó su pozo para poner una vela. El Yayo dejó su copa y se marchó, el Sargento perdió la compostura. Bilsy nunca cogió el autobús, Lucía nunca bajó. La llamada del gobernador no llegó a tiempo para detener el calentamiento global. La amazona respiró por última vez. Los niños dejaron de correr en el parque para jugar a la consola, las niñas cambiaron la comba por el maquillaje y la ropa cara. Cristo, Buda, Yahvé y Mahoma no se atrevieron a reconocer que se habían equivocado. Sam no la tocó otra vez. Romeo se bajó del balcón. Neo no pudo salvar Matrix. Sabina murió de viejo y el premio Argensola de poesía quedó desierto. Todos aquellos que querían cambiar el mundo jamás cambiaron nada. El Capitán repasó su mente en silencio. Agarraba el vaso con fuerza en medio de una barra casi vacía. Un lugar a salvo del planeta que intentaba cambiar. Yo he visto otros mundos – pensaba mientras robaba un sorbo al recipiente. - ¿Hoy no vas a clase? – Le preguntaba el Barman – A aprender cosas del mundo. - No he venido a aprender, he venido a enseñaros. El Barman sabía que iba en serio. Por eso siguió limpiando vasos. Sabía perfectamente que el capitán sólo habla cuando le da por hacerlo. Es muy jodido sacarle las palabras. El capitán seguía a lo suyo, con el vaso. Ahora ya no lo agarraba. Ahora sabía la verdad y debía volver a la caverna. Ahora que sabía que para pisar la luna debía mantener los pies en la tierra. Ahora que sabía que el mayor riesgo en la vida es no arriesgar. Ahora que sabía que era menos listo de lo que pensaba. Ahora que sabía que lo más valioso era aquello que no se podía comprar. Ahora que se hacía más grande con cada sueño que tenía. Ahora era el momento de volver a empezar. Por eso se colocó el brazalete en el brazo derecho. Se puso, con su peculiar estilo, sus gafas de sol. Apuró el whisky de un sorbo y, mientras salía a la calle, el camarero le grito: ‘¡Buena suerte, Bilsy!’.
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